Si Dios no existe, si todo termina con la muerte, si Cristo
no ha resucitado y no hay resurrección, el propio San Pablo nos dice en 1ª
Corintios 15: "nuestra fe es vana" (v. 14) y "somos los más
desgraciados de toda la humanidad" (v. 19).
La Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium” del Papa
Francisco empieza con unas líneas que son de auténtica antología: “La alegría
del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con
Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza,
del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la
alegría”. Tanto en el Antiguo ( Is 9,2; 12,6; 40,9; 49,13; Zac 9,9; Sof 3,17;
Si 14,11.14), como en el Nuevo Testamento (Lc 1, 28.41.47; 10,21; Jn 3,29:
15,11: 16,20-22; 20,20; Hch 2,46; 8,8.39: 13,52; 16,34, 1 Tes 5,16; Flp 4,4)),
encontramos textos en los que se nos invita y se nos habla de la alegría.
Que hay una relación directa entre fe, esperanza y alegría,
para mí está claro: creemos en un Dios Creador, que nos ama y por ello se ha
hecho hombre para salvarnos, que nos dice que la vida tiene sentido y que ese
sentido no es otro que el amor, del que nos ha dado ejemplo muriendo por
nosotros en la Cruz, que podemos ser eternamente felices, pues ha resucitado
con una resurrección que es prenda y garantía de la nuestra, que nos perdona
los pecados en el sacramento de loa Penitencia y se queda con nosotros por la
Santa Misa y la comunión, y además nos ha preparado una mansión eterna en el
cielo. Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los
que le aman (Rom 8,28-30) y hacen su voluntad (Mt 7,21).
