19/12/13

Alegría y Esperanza

Si Dios no existe, si todo termina con la muerte, si Cristo no ha resucitado y no hay resurrección, el propio San Pablo nos dice en 1ª Corintios 15: "nuestra fe es vana" (v. 14) y "somos los más desgraciados de toda la humanidad" (v. 19).

La Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium” del Papa Francisco empieza con unas líneas que son de auténtica antología: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Tanto en el Antiguo ( Is 9,2; 12,6; 40,9; 49,13; Zac 9,9; Sof 3,17; Si 14,11.14), como en el Nuevo Testamento (Lc 1, 28.41.47; 10,21; Jn 3,29: 15,11: 16,20-22; 20,20; Hch 2,46; 8,8.39: 13,52; 16,34, 1 Tes 5,16; Flp 4,4)), encontramos textos en los que se nos invita y se nos habla de la alegría. 
Que hay una relación directa entre fe, esperanza y alegría, para mí está claro: creemos en un Dios Creador, que nos ama y por ello se ha hecho hombre para salvarnos, que nos dice que la vida tiene sentido y que ese sentido no es otro que el amor, del que nos ha dado ejemplo muriendo por nosotros en la Cruz, que podemos ser eternamente felices, pues ha resucitado con una resurrección que es prenda y garantía de la nuestra, que nos perdona los pecados en el sacramento de loa Penitencia y se queda con nosotros por la Santa Misa y la comunión, y además nos ha preparado una mansión eterna en el cielo. Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (Rom 8,28-30) y hacen su voluntad (Mt 7,21).